sábado, mayo 17, 2008

LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS


Hace tres años escribí este artículo sobre las viejas y las nuevas tecnologías, que terminó en las páginas de CYT NUESTRAPRENSA:


LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

Yo nací, perdonadme, con la tele en blanco y negro; eché a andar a la vez que el 600 y me salieron los dientes con sabor a Pelargón. Las primeras canciones de Pic-Nic las escuché en el internado y “La cara oculta de la Luna” la descubrí en el cuartel. Como tantos otros, me dejé la juventud en las salas de sesión continua y en los adoquines de la Cuesta de Moyano. Hoy tengo más libros que películas y más años que ilusiones pero mi concepto de la cultura sigue siendo más visual que libresca, más cercano a las imágenes que a las palabras. Quizás, cuando escribo, no me doy cuenta pero ese poso está ahí, en mi interior, como la madre de un buen Rioja, en el fondo de la botella. La costumbre, que no ofende ni peca, me mueve a escribir la primera copia a mano y la segunda a máquina. Tuve una Olivetti portátil durante muchos años que sólo me dio satisfacciones. Con el paso del tiempo, cambié la radio de bolsillo por el walkman, el magnetófono por el equipo de música, los programas de la televisión por el vídeo doméstico y la cansada Olivetti por una Brother electrónica con dos modos de escritura y otras prestaciones que no llegué nunca a dominar del todo. Cada objeto, como cada cosa en la vida, fue encontrando su lugar en el interior de mi casa; pertenecían a tiempos distintos pero eran complementarios; ni pedían ni estorbaban hasta que llegaron unas Navidades cibernéticas y me compré un P.C., esa máquina prodigiosa que encandila a los niños, llena de ventanas y posibilidades para quien sepa manejarlo y lo quiera disfrutar. Yo, no. Durante unos meses me he sentido como el niño que fui cuando daba los primeros pasos. El tacatá de la informática no me quitó los miedos- me los puso- ni me libró de los tropezones; aún ahora estoy esperando una mano tendida que me ayude a navegar seguro por los procelosos mares de Internet o a superar la línea que separa mi falta de experiencia del banco de datos y, sobre todo, me pregunto que será de las cosas que me sobran una vez les haya buscado su acomodo. Tal vez no hay salida para ellas. Decía Amiel: Mil cosas avanzan. Novecientas noventa y nueve retroceden. Esto es el progreso”. El móvil, el ordenador personal, el portátil, el MP3, el CD- ROM, el DVD, etc. son la cara amable del progreso, su avanzadilla pero, de todos los cambios tecnológicos que he vivido, este es, sin duda, el más acelerado, el que deja sin salida a todo lo que hay inmediatamente detrás. No existe mercado para las casettes; los libreros de viejo siguen siendo, como opinaba Valle- Inclán, el mayor enemigo del libro, pagando por ellos un precio miserable; imagino grandes almacenes con cientos de máquinas de escribir electrónicas tristes y apagadas, un invento al que no han dejado cumplir su mayoría de edad, y, sobre todo, me conmueve observar cómo muchas de esas cosa sencillas que antes nos hacían felices con su uso van, poco a poco, cayendo en el olvido o tienen marcado su destino fatal en los altos hornos o en las fauces hambrientas de la trituradora.

16/4/2005

FELIPEÁNGEL (C)

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Tres años después me he visto obligado a desprenderme de muchas de mis películas, de mis libros, de mis periódicos viejos y de mi vieja máquina de escribir eléctrica y, al hacerlo, me he dado cuenta de que lo único importante, lo que realmente se guarda sin que exista la más mínima posibilidad de que termine en el cubo de la basura o en el húmedo rincón de un librero miserable, es lo que escribimos con sangre, sudor y lágrimas; lo que pintamos o escuchamos en las lluviosas noches de invierno; lo que leímos en la soledad de una de tantas habitaciones de hotel, acurrucados en la fría cama donde otros durmieron, follaron o se desvelaron antes; que todo lo demás es prescindible, que no me conmueve tirar cintas de vídeo ni los papeles de olvidadas amistades ni las revistas que un buen día guardé porque, entonces, me hablaban de algo cercano o actual o hermoso.

Pasan los años, amarillean los papeles, se borran las imágenes de las cintas de vídeo donde grabé una película que un día vi en la filmoteca, y en el estante del corazón cada vez quedan menos lazos entre estas cosas y yo mismo.

Felipeángel (c)




3 comentarios:

Ele Bergón dijo...

Con los años yo también he comprendido que guardar todas aquellas cosas que sólo ocupan espacio y no tienen ninguna función, es una tontería y he comprobado que al tirarlas te sientes liberada.

Si hay algo que aún guardo y me resisto a decirles adiós, son los libros viejos que ya nunca leo. Los puedo cambiar de lugar y ponerlos en un sitio donde ya ni los miro, ni me miran, pero siguen estando conmigo. Quizá un día pierda definitivamente el miedo y los eche fuera de mi. Es muy posible que descubra cómo no era tan importante guardalos y más ahora que casi todo está por estos caminos del internet.

En cuanto a lo que escribes a cerca de guardar lo que se escribe o se crea con "sangre, sudor y lágrimas" o cuando se está triste y solo, estoy de acuerdo, pero también son emociones la alegría y el miedo y no por ello menos importantes.

(Perdona por la "perorata") Un abrazo y descanse en buen sitio tu famosa máquina de escibir eléctrica. Siempre nos quedarán el boli y el papel, al menos yo no pienso renunciar a ellos.

Ele Bergón dijo...

Felicidades. Espero que hayas tenido un buen día de cumpleaños. Me ha encantado encontrar a Raquel.

Un abrazo LUZ

Raquel dijo...

Hola, acabo de descubrir el blog por casualidad y la verdad es que me parece muy interesante lo que escribes y el enfoque que le das a las cosas, en general. En cuanto a este articulo, me gustaria saber si la fotografia que lo encabeza es tuya o de donde la has sacado. Es que me gustaria tenerla con una buena resolucion, si es posible, ya que voy a hacer un trabajo relacionando las maquinas de escribir con la musica y me seria de gran ayuda. Espero que me puedas ayudar, si es posible. Mandame un email a rakel_mp_@hotmail.com si es asi. Muchas gracias por adelantado.

Raquel