miércoles, junio 12, 2013

CASAS DE ACOGIDA (III)

Fotografía: Felipeángel (c)

Y el libro se hizo árbol y habitó entre nosotros; al principio le temblaban las páginas; le daba miedo la tarde escolar de los niños en los columpios y el dorado espectáculo de las madres amamantando bebés, pero se hizo de noche en un suspiro y sintió unos dedos tirando de él hacia abajo; en aquellas profundidades ya nada era azul; ríos de savia corrían por las raíces; la tierra era un mundo de versos oscuros; se oían chillidos de seres sin ojos y risas de extrañas criaturas sin nombre. A partir de entonces todo fue distinto; quienes le acogieron aprendían las palabras de memoria; linea a linea, verso a verso, el parque se fue poetizando, las profundidades adquirieron una lívida luz, apenas perceptible, que iluminaba el fondo de los túneles, la oquedad de las cuevas, los casi intransitables caminos. Extrañas criaturas se acercaban a sus páginas para descubrir brumosas y grises melancolías, o un salón japonés, o una ninfa chupando azúcar como un hermoso insecto en el fondo de una flor, o un pájaro azul esperando a un príncipe locuaz y vanidoso, afeminado y gentil. "Mes de rosas - leía el escarabajo- Van mis rimas en ronda, a la vasta selva, a recoger miel y aromas, en las flores entreabiertas". "En las pálidas tardes- tartamudeaba el ciempiés- yerran las nubes tranquilas en el azul". Se oía un ¡oh! de entusiasmo, rebotando de rama en rama, una alargada exclamación de jubiloso misterio. "Nada más triste que un titán que llora, -se regodeaba la ardilla- hombre montaña encadenado a un lirio..." Nada más alegre -pensaba yo- que un libro en un árbol, a merced de las arañas, dentro de su vientre oscuro, silencioso y acogedor". Cuando volví a los pocos días de dejarlo en su nueva casa, ya no estaba, pero observé pequeñas letras perdidas entre la fina hierba, como si alguien hubiera desmenuzado los versos de Rubén para darle de comer poesía a las palomas.

Felipeángel (c)

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