Patraña docena A un ciego de un retrete hurtaron cierto dinero, y a otro su compañero diez ducados de un bonete. Era un ciego tan avariento, que por su sobrada mezquindez iba solo por la ciudad, sin llevar mozo que le guiase, y al comer, comía donde le tomaba la hambre, por ahorrar de costa y no comer tanto; y para recogerse de noche, tenía alquilada una pobre casilla, en la cual a la noche, cuando se retraía, se encerraba en ella sin lumbre, como aquel que no la había menester; y cerradas las puertas, desenvainaba de una espadilla corta que tenía, y por reconocer si había alguno, daba cuchilladas y estocadas por los rincones y bajo de la cama, diciendo: -¡Ladrones, bellacos, esperad, aguardad! ¿Ahí estáis? Y viendo que no había nadie, sacaba de una cajuela que tenía un talegón de reales, y hacía reseña por retozar y regocijarse con ellos, y ver si le faltaba alguno. Tantas veces continuaba este avaricioso ejercicio, que hubo de ello sentimient...