La voz de bronce no hay quien la estrangule: mi voz de bronce no hay quien la corrompa. No puede ser ni que el silencio anule su soplo ejecutivo de pasión y de trompa. Con esta voz templada al fuego vivo, amasada en un bronce de pesares, salgo a la puerta eterna del olivo, y dejo dicho entre los olivares... El río Manzanares, un traje inexpugnable de soldado tejido por la bala y la ribera, sobre su adolescencia de juncos ha colgado. Hoy es un río y antes no lo era: era una gota de metal mezquino, un arenal apenas transitado, sin gloria y sin destino. Hoy es un trinchera de agua que no reduce nadie, nada, tan relampagueante que parece en la carne del mismo sol cavada. El leve Manzanares se merece ser mar entre los mares. Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece, jamás podrás herirlos por más que les dispares. Tus aguas de pequeña muchedumbre, ay río de Madrid, yo he defendido, y la ciudad que al lado es una cumbre de diamante agresor y esclarecido. Cansado acaso, pero no v...